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martes, 4 de abril de 2017

Hace ya tiempo que ocurrió, pero quizás siga doliendo como entonces. 
La pérdida es algo vital, algo con lo que hay que convivir y de lo que hay que aprender.
La pérdida no es más que un paso más en el camino.

Cuando se fue.  Una llamada.  Me fui al baño, porque me entraron una ganas terribles de vomitar.  Me incliné en el váter, el estómago se retorcía y las náuseas no paraban.  Dejé de respirar.  Fueron unos segundos, largos, pero pasó.  Y cuando eso ocurrió, comencé a llorar.
Aquí estaba: la pena.  Esa, que se ha convertido en amiga, en compañera.  Ella...

Ella no estaba, y era de repente.  Le dije que la quería.  Una parte de mí, sabía que eso iba a pasar, que había llegado su momento.  Estaba guapa, alegre y se había recuperado tan bien... Era hermosa.  Era mi abuela. 

Pero de repente, sin avisar, mejorando en el hospital... merendó y se fue.  Ya no iba a estar saludando en la ventana, ni cogiéndome de la mano, ni achuchándome por las mañanas como si no hubiera vida suficiente para quererme tanto. 

La pena vino y se quedó.  Si pienso en ella, sigo llorando.  Si pienso en la que se fue antes, sigo llorando.  La pena es mi amiga.  Es la que hace que me acuerde que soy capaz de amar y de dejarme querer tanto que hasta duele.  Porque si duele la pérdida, más duele la ausencia, pero esa la mitiga el tiempo, esa se hace rutina y por tanto se llena de vida con las horas. 

A ti, que te quiero, te debía  esto.  Unas palabras de amor y de pena, pero también de alegría, porque sé que todos los que sois ausencia, vivís en mí.  Soy parte de vosotros.  Estoy hecha de vosotros. 

Te quiero.
Te echo de menos.

A ti, abuela, que eres eterna.

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