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jueves, 27 de abril de 2017

A veces, una charla a tiempo es la cura que necesitas para el alma.
Hay que abrirse a las explicaciones, creer que la persona que tienes delante te habla con sinceridad, pensar que todo se puede cambiar, que todo puede tener una segunda oportunidad.   
Cuando hay un malentendido, tiendo a meterme en mi pozo de malos pensamientos, de dudas, de cabreo.  Empiezo a pensar en todo lo que me oculta la otra persona, lo que habla de mí, lo que piensa, lo que cree, lo que... lo que... lo que... y no me centro, me hundo más, me lapido a mí misma.  En parte todo nace de mi baja autoestima y, también, de mi orgullo.  Ese orgullo que se queda muy digno esperando a que vengan a darme explicaciones, a no ser yo la que dé el primer paso.  
Y llega el momento, en que resulta que la otra persona es mucho mejor que yo y quiere hablar. ¡Sorpresa!  Mi actitud es dura, distante, defensiva.  No me puede hacer daño.
Hablamos.  Se va.  Tema aclarado.
De primeras, yo sigo con mi orgullo intacto.  Soy digna.  Soy fuerte.  
Pasan los minutos, y me voy dirigiendo de nuevo al pozo... pero esta vez porque no me he fiado, porque no he sido buena, porque he sido cruel, porque no he hecho las cosas bien.  
Y al final, todo queda en un punto y seguido... seguido porque continuamos camino.  Subiendo y bajando al pozo de la amargura, engañándome a mí misma cuanto sea posible.  Pero con un poquito de tranquilidad, porque después de una hora disfruto un poco de abrirme a una segunda oportunidad.  
A veces, sólo hay que hablar.  
Y otras, sólo escuchar. 

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